Opinión MODERNIDAD VS CONSERVACIÓN, por Sandy Juhasz

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Este procedimiento ha sido satanizado por celebridades y grupos ecologistas que denuncian sus efectos nocivos para el ambiente, la salud e incluso lo responsabilizan de incrementar la actividad sísmica en las placas tectónicas.

BOGOTÁ – Desde tiempos remotos el fuego ha sido para el hombre un hallazgo sin precedentes, que además de hacer posible y garantizarle la subsistencia cambió su manera de pensar.

Imaginar a nuestros ancestros quemándose al tratar de entender ese regalo de los dioses, después de que un rayo impactara en la corteza de un árbol, y visualizarlos cargando el fuego como el tesoro más preciado, porque sabían lo difícil que era volver a conseguirlo, es la historia que se sigue contando.

A pesar de los daños que este elemento pudo causar —destruyendo bosques, arrasando aldeas, desatando guerras, quemando suelos y envenenando el aire— prescindir del fuego era impensable, de la misma manera como hoy lo sería negarnos la modernidad.

El poder del fuego, hoy trasmutado en energía, sigue siendo el mismo. Tenerlo implica desarrollo y bienestar para la gente. Lograr disminuir sus costos significa favorecer más poblaciones que de otra manera no podrían pensar en desarrollarse, es decir, contar con mayores fuentes de trabajo, fortalecer el crecimiento económico y disminución de la pobreza; una de las más grandes calamidades de este siglo, que junto a la explosión demográfica tienen un impacto devastador para el planeta, tema del cual muy pocos hablan.

Tal es el caso del fracking o fractura hidráulica, método con el cual se pueden reducir costos, lo que  permite que sean más los que tengan acceso a la energía. Esta técnica se originó a finales de los años cuarenta y consiste en inyectar agua a muy alta presión mezclada con productos químicos para generar o ampliar las fracturas existentes en el sustrato rocoso que encierra gas o petróleo, logrando así su salida a la superficie. Este procedimiento ha sido satanizado por celebridades y grupos ecologistas que denuncian sus efectos nocivos para el ambiente, la salud e incluso lo responsabilizan de incrementar la actividad sísmica en las placas tectónicas.

Haciendo un balance, la energía es un factor decisivo para impulsar la economía y con ella la prosperidad de las naciones. La extrema pobreza es una amenaza voraz para el planeta, Haití es un ejemplo muy elocuente, no quedó selva ni montaña que sobreviviera a ella. La devastación fue total.

Por otra parte, hay que reconocer que la industria de gas y petróleo hace esfuerzos importantes para corregir el impacto que le produce al medio ambiente. Hay muchas referencias en la historia que así lo constatan. Las preguntas que saltan a la mesa son: ¿qué se teje debajo de estas denuncias? ¿Cuántas organizaciones ecológicas o celebridades están dispuestas a prescindir de la modernidad con todo lo que ella implica?. Lo cierto es que la buena salud del ambiente no solo pasa por la responsabilidad colectiva sino también la individual. La educación contribuye de una manera determinante, lo que parece imposible es ir marcha atrás o como bien dice Oneti “¿quién puede apagar la lámpara eléctrica de un soplo?”

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